domingo, 22 de marzo de 2015

Límite

Brillante luz en la nada extinta,
flor de pantano en turbulencia marchita,
amable demonio,
mientras aparta la vista,
pierde la fe buscando justicia.
Risa de manantial aislada,
hermosa canción no cantada.
Existo y no existo entre cenizas
de mi luz apagada,
cantando las veces que fui todo
y ahora soy nada.


Rebeca Sofía Mora Laureano

Proclama Costeña

Ni en cuna de oro
Ni en cuna de paja,
más fortuna la mía:
fui arrullado en hoja de palma.
En mis mañanas porteñas
me calza la arena
y me besa la brisa,
vigilan mis pasos las olas.
Soy canela tallada por el sol.
He pescado sirenas con mi boca.
Guardián de recuerdos
y de mi propio calor.


César Emilio Rosales Cruz 

Todo en ti…

I.
Tú representas la cadena eterna de las cosas,
el mudo  palpitar de las estrellas,
el inolvidable misterio de la vida,
la perenne posesión de un instante prisionero.

Mi alma deslumbrada, te adora y se arrodilla
ante la deslumbrante plenitud de tu persona
y en místico arrebato exclama embelesada:
Vita no es un sueño, Vita es un milagro.

II.
Soy una errata.
Necesito una fe.
Miro una sonrisa corroída             es tuya.
Inquisidora de  algo                                   y no sabe de qué.
Dedicada a aprobar existencias  que no son las mías
Cogito ergo NO sum.

                                         Zianya Pamela Flores Hernández

El ciclo de los sueños

Esta soledad ahorca,
apaga notas ácidas en un susurro
de sábanas envejecidas,
exhala sus horas
como granos de sal sabor noche
sobre el llanto de las cobijas.
Esta soledad es como un péndulo,
agita el firmamento
de obscuridad intermitente.
Los sueños se evaporan,
el cielo es lejano como tu silueta,
pasajero
como esta catalepsia
de sombras desapercibidas,
por eso descienden,
provocan lloviznas subterráneas.
Esta soledad tremenda
mancha el paraíso y el nirvana,
reside bajo cuevas,
busca aromas transparentes en mis dedos.
Es un ocio buscarle clavijas a la luna,
componer baladas con truenos de nylon,
pintarlas para que suenen a blues.
Los sueños se condensan,
¡tanta frialdad contraída en el instante,
tanto magnetismo!,
pero el espacio persiste,
kilómetros de necedad extrema.
En esta soledad tan esporádica,
de implosiones y big crunge,
me siento paranoico.
Demencia de perro abandonado
que en voces ajenas
piensa escuchar el llamado de su amo,
angustia de niño perdido,
de piel flagelada,
ansiedad esquizofrénica.
¡Ay!, esta soledad que viene y va
con sus cuatro paredes y su tragaluz,
infinita
como la obscuridad derrumbada sobre mi faz.
Los sueños se aglomeran,
llueven
               ascienden
                                    crujen
y se encharcan en el cielo.
            

                          Christian Uriel Jiménez Flores

Soy

Soy la base del pilar donde bebí tus notas,
manantial tímido que ya no mira,
temeroso de las hiedras en mi voz.
Soy la tierra que anheló tus lágrimas,
trocito de nostalgia
aferrado a su fuente natal.
Soy el desconcierto de las horas
que busca arrepentido tu sonrisa.


Christian Uriel Jiménez Flores

Sobre la propiedad de las calles

Esa mañana, al abrir la puerta, la calle no estaba.
Culparon a los rebeldes, a las empresas, al Estado.
Hablaban de un ladrón de calles, otras colonias habían sido víctimas.
Imposible iniciar la jornada.
Decidieron salir así, sin calle.
Revelación: los carros eran los verdaderos ladrones.
Esa mañana caminaron. Sintieron, con cada paso, recuperar las calles.


Christian Uriel Jiménez Flores

Aliciente a un adiós

Tú y yo,
que no es lo mismo que nosotros,
dimos el último suspiro el mismo día
que Julio Scherer.
La voz de un pueblo se apagó (¿…?)
al mismo tiempo que esta mentira.
Hay mentiras que valen la pena (¿…?)
Pero quedó la semilla
de un mundo donde quepan otros mundos,
donde quepamos tú y yo
y los raramuris que son más que aretes,
y todos los Carlos y Carlos
y los tzotziles
y todas las Marianas y Mariana
y los marginales,
y los rezagados de la historia
y las mujeres, que siempre han estado ahí,
pero nunca han sido escuchadas,
y todas las Anas
y todas las yuyinas;
con toda la carga que conlleva,
ésta, nuestra condición humana
con todos sus aciertos
y contradicciones,
con toda la rabia y la alegría.
Queda como siempre
la esperanza, con esa espera
que la hace tan odiosa.
La esperanza de que se puede amar
vivir, crecer en armonía, dignidad,
equidad.
Y nuestros actos,
absurdamente contradictorios.
Ahí radica esta esperancita
que el mundo me da
que no sé dónde está
ni de dónde surge, pero se siente.
                      
                         Ana Beatriz Carranza Leyv