jueves, 22 de agosto de 2013

Despedida

Cada  vez que oigo tu voz, me pierdo en tus palabras. No es que me canse, sino que una horda de pensamientos inunda mi mente mientras tú me cuentas nimiedades. Esas nubes borrascosas, ¿sabrán lo que pasará?
    Es una despedida extraña, “no es un adiós, sino un hasta luego”, me dices. Suelto una carcajada empapada de nerviosismo y acompañada de un “ni que fuera dedicatoria de secundaria”. Una vez más me ahogo en mis pensamientos mientras tú sacas a flote tus recuerdos.
   ¿Qué extraño de ti? Todo y nada porque todo sigue ahí. Los besos disfrazados de amistad, las figuritas de navidad en octubre y tu fascinación por esos vestidos morados con encaje. Todo y nada, solo que el tiempo ha desgastado mi memoria. El viento y el tiempo estropean todo, menos mis malas costumbres porque sigo levantándome tarde y haciendo las cosas a mi modo. Porque sigo sin organizar mi ropa y mi tiempo. Porque sigo guardando envases inservibles y defendiendo a capa y espada mi necedad encubierta de locura y olvido.
   Nuevamente dejamos pasar el primero, el segundo y también el tercer autobús. Llega el cuarto y me voy junto con él. Titubeamos al despedirnos, pero hay una diferencia: ahora sí es un adiós y no un hasta luego.

Elsy Estrada

De la espalda para atrás

Tenía alas enormes que chocaban contra el techo de su habitación. Recordó esos programas que hablaban de las aves de presa, como el águila real que extendiéndose mide más de dos metros. No eran blancas como las del arcángel Gabriel que aparecía en esas pinturas italianas. Tenían un tono marrón y terminaban en manchones color crema; estaba acostado bocabajo pero podía verlas bien cuando volteaba la cabeza sobre su hombro. Al  reincorporarse, poniéndose de rodillas sobre la cama, la parte más alta de sus alas raspó el techo granulado y un extraño dolor le acometió desde las alas hasta la espalda, provocando que  revolotearan involuntariamente, así como cuando uno se pega en la rodilla para probar sus reflejos. La habitación era pequeña y el aleteo tumbó la hilera de libros sobre una repisa y una lámpara de escritorio;  estrelló el foco contra el techo y corrió las cortinas de la ventana. Un puñado de plumas sueltas cayó muy lento y aterrizó pesadamente hasta el suelo, experimentó dolor al ver esas plumas exiliadas, sus plumas.
Tendría que aprender a controlar sus nuevas alas. Por alguna razón no le causaba extrañeza el hecho de no estar sorprendido de aquella transformación cuasi-kafkiana, claro que eso era mejor que ser un escarabajo.
Al parecer no había nadie en casa, eran más de las ocho y el sol era una moneda de plata que brillaba detrás de un velo de nubes. Pensó en todas las hermosas cosas que haría con ese nuevo par de alas: sobrevolar majestuosos valles o blancos picos montañosos; ya podía sentir el viento despeinándolo, ¡oh, por Dios! Las mujeres se volverían locas por él.
Se vio haciendo el amor a dos mil metros de altura, dejándose caer en picada, enrollando con sus alas a su amante, mientras un intenso orgasmo inundaba sus nervios; se vio montando guardia en el campanario de la Catedral metropolitana junto a las palomas, escuchándolas quejarse de ese maldito grano transgénico, y también, en un inesperado cliché norteamericano, se vio con uniforme a la Marvel rescatando a suicidas en lo alto de un rascacielos.
Mientras tenía la mirada clavada en la pared y la mente en los consignados anhelos, tuvo la sensación de que una enorme mole de plomo lo asentara en la sucia tierra. La preocupación dio paso al miedo que se manifestó rápidamente en su cara constreñida y se dejó caer boca abajo sobre el colchón. Pensó en los fenómenos de circo, en la envidia del hombre, escuchaba las voces llenas de esa rabia inconsciente tachándolo de adefesio y, entre las sombras, distinguió los infinitos índices que lo señalaban.
Un agudo sonido le taladró la cabeza y le hizo volver en sí. Respiró hondo, era el despertador, al parecer, se había levantado antes de que este sonara, trató de reincorporarse, pero desistió al recordar el caos provocado por sus aún torpes alas, tenía una rara sensación en la espalda. Al tratar de estirar su brazo derecho para alcanzar el despertador no pudo moverlo.
   Cuando no sintió los brazos, supo que todo había sido un sueño, pero las alas debían estar ahí, claro, en lugar de sus brazos. Ya se las arreglaría.
Después de pasados un par de minutos sin intentar moverse por miedo a destrozar su cuarto, experimentó un ligero hormigueo detrás de la espalda.
La falta de sangre en las extremidades le hace a uno jugarretas muy pesadas.

                                                                                                   José Luis Rendón

Ventana cuadrangular con vidrios oscuros

En la ventana del número cuatro, de vez en vez, se la puede ver. Suele ser incómodo el pasar y verla con su cámara tomando fotos en todas direcciones. Nunca sabes si es a ti o a alguien más a quien apunta. Pero ella es así, un tanto rara y antisocial, siempre mira con recelo y, más que mirar, observa.
   Eran vacaciones, por lo tanto, no había obligación de pararse a cierta hora y realizar el monótono ritual del “día hábil”. La mente se encontraba confundida tratando de evadir el tic-tac de las manecillas del reloj. Eran vacaciones y sentía la ambigüedad al verse frente a frente al espejo.
Los libros suelen ser su puerta de entrada y salida a otros mundos; pero después de ser contadas y clasificada, esas puertas se entrelazan convirtiéndose en murallas.
   Aquel día, como cualquier otro de su vida: Insignificante y abrumador.                   Como autómata, se levantó de la cama, comió, bebió su obligatoria taza de café y después no supo qué hacer. Encendió el televisor y dejó que alguien más hablara, pensara, hiciera y sintiera por ella, pues eran vacaciones. “¿Para qué darle vueltas al mismo asunto, para qué esperar la luz que alguna vez guió su camino, si aquella luz (en caso de existir aún), era ya una estrella lejana?”
Sintió la necesidad de vibrar escuchando aquello que la gente llama “música”. Puso play a la lista de reproducción, sonando desde las estridentes guitarras y solos de batería, hasta las melancólicas palabras que dan armonía a “Las Ciudades”:
“… Y mi cuerpo entero se llenó de frío.
Y estuve a punto, de cambiar tu mundo,
de cambiar tu mundo por el mundo mío.”

   Al son que sentía puso orden, muy a su manera, a lo que llamaba hogar. Se tomó un descanso de cuando en cuando, pues la luz solar que entraba por su ventana cegaba su melancolía. Comió y puso pausa a la música intentando así poner pausa también a su espíritu aventurero. Al frenar su ímpetu, se percató de que la luz solar, aquella que tanto molestaba en sus labores y alumbraba su oscuro corazón, ya no se veía más. La luz artificial hizo entrada alumbrando aquellas menospreciadas avenidas.
   Era de noche, todos en sus casa, las aves en sus nidos, y ella allí, en su ventana, de pie, ante la humanidad implorando al cielo. Con el poco valor que sentía dentro de sí, alzó la mirada, se dibujó frente a ella un cielo completamente congestionado, lleno de grietas ásperas como las que marcaban su propia piel. ¿Un capricho de la naturaleza, un castigo de su Dios o un agente químico extraño?
   De súbito, el viento llegó a poner fin a las comparaciones despejando el gris panorama y, como quien abre una caja de regalos en su cumpleaños, con las mismas ansias y con el mismo brillar en sus ojos, ella esperó alegremente que la luz guiara su camino.
   Pasaron horas y horas, no apartó ni un segundo la mirada con la esperanza de convertirse en una estrella. Quedó absorbida en la vasta inmensidad que le congelaba todo sentimiento.
   De pronto, vio cómo un punto luminoso comenzó a parpadearle, como si tratara de seducirla y molestarla al mismo tiempo, como diciéndole “Sí, soy yo”. Y, efectivamente era ella: aquella estrella que en algún tiempo fue su guía aquí en la tierra. Sin embargo, lo que realmente observó fue el macro y microcosmos en toda su extensión, el presente le reveló el pasado y, ambos, parte del futuro.
De un punto salió otro, comenzaron a jugar, a perseguirse dibujando curvas y líneas rectas, como las trayectorias de las crías al jugar con los hermanos.    Como células en fase mitótica empezaron a correr y correr, de aquí para acá, de acá para allá, llevando y reproduciendo la vida misma. En fin, lo que ella veía, en lugar de cielo, semejaba una muestra microscópica de una gota de agua con incuantificables organismos.
  Tanto en tan poco tiempo y tan poco tiempo para tanto. Ella se fundió con su entorno, sino con el absoluto mismo. Su cuerpo allí de pie, pero su espíritu jugando a las atrapadas. Sin embargo, todo lo que sube tiene que bajar, así lo dicta este planeta subordinado a las leyes físicas.
   La oscuridad ya no le aterraba. Descubrió que la convertía en un ser sólido.  ¡La oscuridad le había enseñado tanto! Recordó quién era en realidad. No era ya la que se encontraba fundida en el absoluto, era, en cambio, la que se encontraba sumamente sólida en un mundo concreto.
   La oscuridad pasó dejando una estela de frío y la promesa de la luz.                            El cuatro era su número, ventana cuadrangular con vidrios oscuros.
Sintió un mágico rocío posándose sobre su rostro, y fue entonces, al inhalar aquellas partículas repletas del nuevo día, cuando por primera vez amó, como nunca antes, el significado del amanecer.

Daniela Márquez

A qué huele tu ausencia

Todo en ti tiene aroma. Quiero hablarte de la fragancia de tu ausencia...
  Rozo quedamente mis labios con tus labios en sinónimo de adiós. Cierras y abres los ojos. Das media vuelta y apresuras tu paso huyendo de mis brazos. Evitas voltear, temeroso de convertirte en una estatua de sal. Tu silueta delgada y alta se pierde entre una muchedumbre ahíta que emana la sucia fetidez del sudor humano.
   Cuando evoco los recuerdos de ti, un aroma dulzón y de picor inusitado -como el olor de la orina estancada en los rincones oscuros de las calles- me saquea el olfato. A veces, a eso huele tu ausencia: a amoniaco y hollín. Sólo a veces, mientras me resigno a no encontrarte paseando a través del asfalto ambulante, a no encontrarte sentado en algún auto vagabundo, a no descubrirte perenne en mis memorias desteñidas.
   Siempre llego a casa cansada, hambrienta e impregnada de ti. Con tu olor a infinito y miel galopando el hipódromo de mis manos, de mis senos, de mi lengua, de mi cuerpo entero. Me recuesto en un colchón lleno de corpúsculos mugrientos cubiertos por mantas y sábanas amarillentas; miro el techo inalcanzable, buscando un universo lleno de color, de galaxias y estrellas que continúa perdido entre defectos y puntos de concreto níveo. Cierro los ojos, con la nariz apuntando al cielo, pensando en el aroma de tu ausencia, embriagándome con la fragancia de tu poesía escondida en la vergüenza de tinta oscura y de versos que no quiero mostrarte. En mi soledad, todo en ti huele a madera añeja y escritos cohibidos.
   Despierto desnuda, con los cristales de la habitación empañados por el frío extranjero y mojada por lágrimas adheridas a mi rostro gélido, cubierta por el perfume de la ausencia donde no estás, ésa que huele a tinta rosicler, tal como mis mejillas que insisten en teñirse coloradas cuando mis ojos y tus ojos vuelven a converger.
   Emocionada te miro, con una mirada que destila un aroma a uva y jazmín. Atemorizada e insegura te recuesto en el camastro roto que suspira polvoriento una fragancia a almizcle. Suave y sensual. Un olor convertido en cortesana para la nariz de ambos. Mis labios trémulos se acercan muy lento a tu rostro, buscando fusionarse con tu boca tibia y húmeda, y es justo esa muerte instantánea lo que provoca que tu ausencia desborde el olor a luz híbrida.
   El calor de tu piel huele al mismo río fluido donde te vienes y te vas. No puedo hablarte ya de la perspectiva que tiene mi olfato sobre tu ausencia. Ya no. Apenas has llegado...                                                                               

                                                                                                     Zianya Xochimeh

UNA TARDE DE MAGIN

Tenía seis años, cuando mi hermana mayor comenzó a salir con muchachos. Te diré que, en esa época, las citas eran algo distintas a como lo son hoy. Mi hermana, como hija de familia, no tenía permitido salir sola con muchachos en su primera cita, así que en estas ocasiones solía acompañarla.
   Recuerdo que una de sus citas fue en la Feria anual del Lago encantado. La feria siempre se realizaba al otro lado del lago, pues del lado del puente solo se usaba para fines turísticos o de recreación, por lo que era muy común ver parejas de enamorados en pequeñas barcas.
   Lo bueno de ir a los, entonces, encuentros tan románticos para mi hermana como asquerosos para mí, era que los pretendientes me cumplían todos mis caprichos y el chico de esa ocasión no era la excepción. Me convenció de dejarlo a solas con mi hermana con una bolsa grande de palomitas, un algodón de azúcar y diez pesos. Tomados de la mano, se dirigieron a una barquita que él rentó a un viejo carpintero. Yo, por mi lado, me quedé disfrutando de mis golosinas en la feria. Mirando el paisaje, recordé la leyenda que mi abuelo me contó acerca del puente. Me dijo que este lugar es la entrada a un mundo mágico en donde alguna vez hubo luz y bondad. Este mundo, habitado por hadas y duendes, fue invadido por fuerzas oscuras, las cuales, lo destruyeron todo y encerraron en aquellas bancas de piedra, el pasado de estos habitantes en  un sueño eterno.

   Pensar en tal mundo me puso triste. De pronto, miré aquel puente, corrí para poder rodear el lago y me detuve. Mi abuelo solía decir que los entes guardianes de las fuerzas oscuras, cuidan celosamente las bancas solitarias para que nadie libere al pueblo mágico de su cárcel eterna. Me acerqué un poco, después un poco más, cuidadosamente toqué una de ellas, luego la otra. Busqué alguna inscripción en las bancas, no la encontré, busqué un símbolo…sí, ahí estaba, un triángulo dentro de un círculo. Lo toqué. Después una luz blanca me cegó y ya no supe nada. Desperté en mi casa, en mi cama. Mi hermana me jura aún hoy, que jamás tuvo una cita en ese lugar, peor aún, dice que el lago encantado no existe ni existió en nuestro pueblo.                         
                                                                         Guerrero Flores Amanda Aranza

Yo no me trago esa idea de que Dios no existe

En un sutil abrir de piernas he hecho aparecer a Dios, lubricado en colores brillantes, ardiendo de pecados solitarios. Le he contemplado el cuerpo sonrojado, instrumento con el que viajamos a los campos de la lujuria roja. Escuché su voz entrecortada pidiéndome encontrar el silencio que hace tiempo había perdido entre los leves gemidos desenfrenados concebidos por mis labios entreabiertos; gemidos cautivos por la cárcel auditiva de la habitación contigua. Mmm, mmm, mmm…
   ¡Oh, oh! Dios existe. Lo sé. Lo he visto lúbrico galopando con su obediente lengua húmeda sobre el hipódromo de mi cuerpo lascivo: mis senos, mis muslos, mis pies, mi vagina; ha provocado que me aferre a la colcha mojada bañada en las arrugas de las sábanas despeinadas.
   ¡Sí, sí! Dios existe. Lo sé. Lo sé. Lo he acariciado con las yemas calientes de mis dedos. Lo he besado con mi humedad tibia. Lo he enredado entre mis piernas pecadoras vestidas de ligueros sombríos, sus hombros las sostenían mientras penetraba mi cavidad contraída; mis piernas débiles se derretían conforme sus movimientos, ¡más y más!, hasta escurrirse en sus brazos tensos.
   Dios existe. Lo sé. Lo has engendrado con tus sublimes artes amatorias. Lo he ahogado con las aguas transparentes del clítoris exacto de la boca de la omnipotencia. Él nace en los sueños eróticos de tu infierno. Él muere sumergido entre los sonidos celestiales de una caracola que yace al oído de un amante navegante; y yo, yo me pierdo como el silencio, para morir y revivir en ninguna vida que me ofrezca la misma muerte, ni el mismo abandono involuntario.
   Mmm, sí, Dios existe. Lo sé. ¡Ah, ah!, lo he sentido…

                                                                                    Zianya Hernández

Agateofobia

El demonio más terrible de todos lo había poseído. La ansiedad quemaba los rastros de cobardía y vergüenza que antes lo absorbían. Su faz era una mezcla de placer y tensión.  Con ternura feroz complacía cada parte de su cuerpo. Se retorcía entre aires de goce cuando sonó la puerta.
  Lanzó reproches y se arrepintió por no silenciar el acto hasta que vio la imagen frente a él. Sabía que vendría. De la frustración pasó a la satisfacción. Sentado en el sofá, se dispuso a observar las curvas de su cabellera. Fue un instante largo, como la espera de su llegada. No había terminado de leer sus pecas cuando encontró sus brazos alrededor de sus caderas.
   No era la primera vez que un hombre se volvía loco por una mujer, no eran los únicos que se escondían bajo el manto de la Luna. Se perdió en su vientre y mares de alivio lo absorbieron. En el eco de sus gemidos seguía vibrante el fuego manipulador. Entonces el demonio lo traicionó y lo dejó a su suerte.
   Su corazón ahora lanzaba destellos de ternura, sintió que la amaba desde siempre. Sus labios  llenaban de frescura esos muslos que ardían, esos ojos claramente insatisfechos.
   Ella se marchó  sin explicación rechazando ese poema vivo que no anhelaba. Mientras, en el sosiego de la humillación, él sintió que el fuego penetraba su ser, se reavivaron las ganas de perder el aliento. Había regresado su amante cautiva. Se perdió en tornados de soledad y perturbación, tal y como su demonio personal, como Lujuria, se lo dictaba.


                                                                                                          Karla Choreño.