sábado, 21 de marzo de 2015

Lady Red

(Recreación del cuento “La señorita Green” de Guillermo Samperio)
                                                                                                  
Hasta ese día, su gran hazaña había sido trepar y confundirse con un árbol. Nadie quería jugar escondidas donde hubiera árboles porque ella siempre ganaba.
Su exterior verdiazul no era más que el reflejo de su interior. Verde como el alegre campo de primavera y azul como el mar. Tan bella por dentro como por fuera. Ella compartía su alegría con todos, aunque a nadie conociera. No había por qué llorar ni por qué opacar esa dulzura de su rostro inocente.
Aquella mañana se levantó de la cama con un intenso dolor de panza, solo para comprobar que ya no era una niña y tampoco era verde ni azul. Era roja. Roja era su colcha. Roja su pijama. Rojo su calzón.
Ahora sí había por qué llorar. Su nueva gran hazaña, a partir de ese momento, sería recuperar su mayor cualidad: ser una niña. Una niña verde y azul.
                                                        

Anaelsy Alvarado Estrada 

Sueño No. 21

(Inspirado en el libro de minificciones  La sueñera, de Ana María Shua y en la obra “Salir con chicas que leen”, ilustración de la artista Eva Vázquez)
                                                                                                
Se hacía tarde. El libro no pasaba. De pie, en la esquina de mi casa me estaba impacientando. El libro arribó suavemente, se parecía a mi cama.  Se abrió solo, como en esos cuentos de hadas. Lo abordé, se cerró de tajo y siguió.
            Me senté al lado de Santa, le hice la plática, es muy divertida. Me dijo que bajaba hasta “Gamboa”. El libro paró en “Spota” y Ugo Conti bajó tan rápido como pudo. El libro siguió su camino, ya no hablé con Santa, sólo la escuché cautivado por su belleza.
            Ixtla Cienfuegos y Aura se levantaron justo antes de llegar a “Fuentes”. Después me percaté de que en poco tiempo arribamos a mi parada. Alejandro Garrido y yo bajamos en la misma estación, no vale la pena pronunciar el nombre de la estación. Está cerca del puerto, diviso un pequeño bote, me pregunto quiénes serán esos dos.
            Por un descuido, Harry Potter casi me atropella en su libro particular. Atravesé la calle, saludé  a R. U. Pickman y entré a la oficina. Otro día más.
            Desperté…


Enrique Guerrero Flores

Plumas y tambor

(Inspirado en el poema “Deseos” de Carlos Pellicer)
                                                                                     
El verde metálico del quetzal y el rojo del papagayo adornan mi cabeza; el hilo de conchas en mis muñecas y pies se estremece al compás de mi cuerpo luminoso.
El suelo tiembla con cada baqueteo del tambor de piel, percusión ancestral que posee mi espíritu para hacerlo bailar.
Por mis pies descalzos siento subir la energía de la piedra que guarda el espíritu de mis antepasados. Danzando en su memoria y honor,  logro ser parte del glorioso pasado Teotihuacano.
Madre luna nos baña con su velo y el fuego de las antorchas calienta nuestros cuerpos, mientras el olor enervante que sale del copalli se expande en curvas caprichosas moldeadas por el viento.
Soy las plumas, el tambor, la danza, las sonajas que se agitan y las flores de la ofrenda; soy la obsidiana afilada, la semilla que germina y los colores del tapete florido.
Soy la gran pirámide, soy el astro padre que se eleva al terminar la noche. Soy su hijo y su danzante.
Soy la ciudad de dioses que se alza con los hombres.

                                                                                        
                                                                               Pedro  Artemio García Hernández             


Doncella de maíz

(Inspirado en el cuadro Desnudo con girasoles de Diego Rivera)

                                                                                
Mía, tú eres mía,
completa eres mía,
de tu cuerpo mancha azul
a tu verde cabellera;
de tu ardiente alma viva,
a tus dos montes de nieve.

Si el fulgor de tu mirar,
dulce doncella dorada,
cautiva al extranjero,
mirarlo más no debes,
pues el fuego de pasión
quemará a quien se cela.

Doncella de maíz, te amo
por el mar de  tu cintura,
por la esencia de tu pelo,
por la  llama de tus senos
y  el invierno de tus ojos.


Amanda Aranza Guerrero Flores


Mandil largo, ¿para quién laboras?

(Inspirado en el cuadro “Break” (1881), del pintor austríaco Theodor Breitwiser)
                                                                                                                                                                                    
Niño, ¿dónde compraste el cigarro?  No fue en la tabacalera de la esquina. Tampoco fue un hurto a tu padre. No.
Ese cigarro que fumas es uno muy especial.
Quisiera preguntar por tu madre, tu padre y tus hermanos, pero has dejado de ser niño, hijo y hermano para convertirte en hombre. Un hombre pequeño de mirar adulto.
¿Ha sido aquel demonio bélico el que te ha desgarrado los sueños infantiles y los ha convertido en las impurezas de tu mandil?
¿Quién ha enturbiado la desnudez de tus plantas y deformado, a suelas, la raíz de tu camino?
Niño, ¿acaso no sabes que si fueses otro, no tendrías que usar camisas remendadas ni esos zapatos que agravian la pureza de tus pies?
Permíteme preguntar de nuevo.
Hombre, ¿dónde compraste el cigarro? ¿Es un hurto al dictador o es una victoria sobre el sudor y el cansancio?
Quisiera preguntar por tus padres, pero preguntaré mejor por tus dueños.
¿Fueron ellos los que transformaron la atmósfera de tus pensamientos en una gaseosa oscuridad?
Pequeño hombre, no me mires con triste ira.
El cigarro que fumas es muy especial: aminora la pesadumbre mientras va quemando el tiempo, y te hace olvidar momentáneamente el sabor penetrante de la guerra.
Dame tu mandil y despoja tu ser de toda prenda. Deja que el humo se disipe y aclare tus sentimientos. Inhala la sustancia del breve olvido. Respira profundo y con calma. No hay guerra. No hay hambre. No hay miedo.
Pequeño hombre, desnudo así, recuéstate sobre el suave pasto antes de que la sangre ensucie tu mandil. Respira, olvida, muere.

                                                                                

Daniela Rodríguez Márquez

Infancia

(Inspirado en el cuadro “Break” (1881), del pintor austríaco Theodor Breitwiser)
                                                                                                                                                               
Su padre está sepultado en algún lugar de la frontera italiana, bajo el hielo de los Alpes. Su madre trabaja en el burdel, cada noche regresa con barras de chocolate, billetes verdes y cajetillas de Camel.
Timo y Greta comen a diario, y hasta tres veces al día, mientras él se amarra el estómago y sale a trabajar para el viejo de la carnicería. Mamá volverá en la noche, oliendo a tabaco y whiskey,  a tumbarse como roca sobre la cama.
Las risas y los juegos son un eco que se estrella sobre los muros que diluyen el tiempo: hay que fajarse el pequeño pantalón y ser un tipo duro.


José Luis Rendón López

viernes, 20 de febrero de 2015