Taller de Escritura Creativa

Taller de Escritura Creativa

domingo, 18 de agosto de 2013

¿Por qué escribir?


Escribir es desbordar el alma al acariciar el papel con la tinta, es acallar todas las voces y pedir al mundo  que te deje  escuchar. Las letras cantan su seducción a tus ojos y  abren  infinidad de posibilidades para que te expreses libremente.


Guadalupe Hernández

Infancia


infantis, «el que no habla»


Pero sueña. 
Crea.
Ríe.
Llora.
Imagina
y  no descansa. 
Todo ser humano cuerdo debería  ser infante por, al menos, una segunda vez en su vida.
Para que, así, sus ojos se llenen de verdad y enjuague su boca llena de mentiras. 
Para que vuelva a sonreír cada que amanece, a jugar  con el viento y a soñar con algún día ser  el  gran super héroe de su propia vida, el presidente de sus metas, el bombero de sus miedos, el guardián de sus pasiones. 
Todo buen ser humano, debería aprender de los más pequeños, de los que caen, ríen y no lloran. De los que olvidan pronto, de los que esbozan sonrisas hasta a la luna. 

                                                                                                       María del Carmen Ríos. Grupo 610

Infancia



Los retratos no sólo saben tus historias sino que también las cuentan, seguramente por eso no hay fotografías a la vista en mi casa.
            Entre esas fotos escondidizas está una de mis favoritas. En la foto estoy rodeada de globos de colores, tengo puesto un vestido esponjado, verde con flores rosas, aún soy muy pequeña, pero ya tengo la sonrisa, las mejillas grandes y la nariz pequeña que me identifican.
“Es tu fiesta, pero no en el día de tu cumpleaños porque ese día tuviste un ataque de bronquitis y te llevamos al hospital”, me decía mi mamá cada vez que le preguntaba por la foto. De tanto preguntarle me aprendí el diálogo y ahora, cuando veo la foto, en lugar de preguntar, dejo que el retrato  me hable.

Elsy Estrada. Grupo 660

Sin recuerdos exactos


Infancia vacía. Miro al recuerdo de frente, me sonríe, me ha dicho: aquí ya no hay nada que ver.
Camino ausente y me cuestiono por qué no puedo recordar. Es algo biológico, es natural, me repito una y otra vez  hasta llegar a casa.
Dicen que la infancia determina toda acción y personalidad en la madurez, quisiera saber cómo es que fui y cómo seré.
La hora de la comida ha llegado. En mi casa nunca hemos tenido un horario determinado, me siento a la mesa y trato de olvidar el asunto, pero mi madre ha preparado un estofado que nunca me ha gustado. No lo puedo evitar y me pregunto si  siempre he sido así, si  en algún momento su guiso me gustó.
¿Cómo era de pequeña? Pregunté  a mis padres una y otra vez.
Eras tierna y lista, repetían los dos sin error. Me contaban historias y lo que hacía, pero mi pensamiento, era claro que no lo conocían:
 ¿Qué pensaría en la infancia, de mi familia, del mundo y de la vida? Tal vez no sea importante saberlo, se dice que las acciones son las que te determinan.
Encontré en el hábito una respuesta, encontré en mis gustos otra, en mis creencias, el dogma y en mi conciencia todo finalizó.
 Así me han educado, así he crecido, no recuerdo ya lo ocurrido y, sin embargo, ahora vigilo lo que hago y el porqué, quisiera la respuesta, aunque ya la tengo: sólo basta mirar mis acciones, lo que he logrado y en qué fracasé.
 Deseo, en un futuro, mirar en una vieja fotografía a la niña que fui, no saber cuándo ni dónde fue tomada ni quién ni por qué la tomó. Deseo mirar a esa niña y no arrepentirme de quien ahora soy.

   Verónica Rojas. Grupo 651

Infancia


Mi infancia es sin duda alguna la etapa más hermosa de mi vida.                                                                                                                                                                                                                                                                                  ¿Qué podía doler más que un raspón en la rodilla?  Quizá el regaño de mis padres, nada serio.
Fue la etapa en la que un sinfín  de veces  salvé al mundo con bloques de plástico. En esa  época, con sólo una cobija como capa, logré ser princesa, maga o bruja.  ¡Cuántas historias protagonicé con mis muñecas!  Fue ese tiempo  cuando todo el mundo era  mi amigo,  cuando un                                                                                                                  beso de mamá  lo curaba todo, mis berrinches pasaban rápido  y no hería a nadie con mis palabras,  pues mi corazón no podía guardar rencor. 
Aún sonrío cuando cierro mis ojos  y encuentro a  la niña que soñaba con hacerlo todo en la vida.  En ese tiempo, de verdad, ¡lo hacía todo!...                                                                                        
Esa niña era estilista de muñecas, veterinaria de peluches, cantante en la sala de su casa, actriz de telenovelas que ella misma escribía, ama de casa, maquillista, maestra, doctora e, incluso, una Power ranger, pero lo más importante es que ella ¡fue feliz!                                                                                        

                                                                                                                  Ibery Calderón. Grupo 452             

Infancia


Sólo hay un demonio presente hasta la fecha. Mejor dicho, es una “diabla”: la soledad.
Cuando fui niño me causó lágrimas, enojo, pero también risas y alegría, incluso, llegué a necesitar de ella. Reía en soledad, lloraba en soledad, me enojaba en soledad… varias de las sensaciones experimentadas por otros con amigos o familia, yo las vivía en soledad. Todo lo hacía “con soledad. Soledad siempre ahí, siempre conmigo, aun cuando estaba acompañado.
Desde esa etapa de mi vida, ella ha sido como una amante fiel, a veces, muy celosa. Amigos, novias, familia, mi propia persona y pensamientos fueron ocupados por ella. Buscaba alejarme del mundo, me hostigaba la compañía, mi único deseo era estar solo… ¿Qué irónico, a decir verdad!, porque fue gracias a ella que soy como soy y es gracias a la soledad que aprendí a gozar de mi existencia. Aunque para llegar a esta conclusión, tuve antes que sentir todo el dolor, el enojo, el pavor y la desesperación que implica el tránsito de una existencia odiada (porque cuando eres niño crees que no tienes nada) a una vida que te pertenece plenamente porque la has ganado.

                                                                                               Pedro Artemio Hernández. Grupo 510

Proyección


Recuerdo vagamente la infancia… Los días eran largos y felices, los lugares eran inmensos, el mundo era irreconocible.
¡Los juegos! En ellos se podían vivir los sueños, el tiempo sólo se medía en mañana y noche; los días se dividían en la escuela, los juegos y la hora de  dormir, sin olvidar la ración de discusiones necesarias para hacer la tarea.
¡Vaya que disfruté la infancia! A veces cuando el segundo tiempo del día ha invadido la ciudad, y las luces están extintas, me quedan algunas imágenes de momentos  en la vieja casa de mis padres.
¡Qué miedoso era en ese tiempo! ¡Sube los pies a la cama, que la Bruja, el Demonio o Chucky no te los jale; abraza a tu mamá tan fuerte que casi no puedas inflar tus pulmones; abre bien los ojos y mira a todas direcciones para que, ante el mínimo movimiento anormal, grites aterrorizado!
 Es de esos días de agosto en que la lluvia cae a cántaros y la energía eléctrica se ve mermada. Tardarán en componerla, a lo mejor mañana por la tarde se mejora la situación.
Casi vencido por el sueño tomas la cobijas, te introduces entre ellas lo más rápido que puedes, dejas que tus ojos soñadores se asomen para no abandonar la vigilancia. Esta vez la olvidaste: un bulto se mueve entre las sombras de tu alcoba –aunque estuvieras atento no lo hubieras notado-, saca algo de su bolsillo o de su cintura, yo tampoco logro ver bien, se acerca lentamente hacia tu lecho.
La sangre manchó todo a su paso, tu brazo quiso ayudarte a huir y ahora está fuera de las cobijas acariciando un charco de sangre en el suelo…

Olga Martínez